Cuando llovía mucho, le había explicado el guarda, se producían desprendimientos en la ladera de la montaña. La tubería de un metro de diámetro, seguramente una sobra de algún proyecto o chapuza municipal, había sido colocada en el lugar más proclive a dichos desprendimientos como primera y única defensa. Había sido fijada al suelo mediante una anilla de hierro de un centímetro de grueso empotrada en cemento.

Antes de entrar en la tubería, Bosch se había puesto un mono del Departamento de Policía con las letras «LAPD» en la espalda. Al sacarlo del maletero de su coche, había pensado que el mono probablemente estaba más limpio que el traje que quería proteger. De todos modos se lo puso, porque era su costumbre. Bosch era un detective supersticioso y metódico, a la antigua usanza.

Mientras avanzaba con la linterna en la mano por el claustrofóbico cilindro que apestaba a humedad, Bosch sintió que la garganta se le secaba y el corazón se le aceleraba. Una sensación familiar de vacío en el estómago se apoderó de él: miedo. Pero en cuanto encendió la linterna y la oscuridad se desvaneció, también lo hizo su desasosiego, y se puso manos a la obra.

Ahora se encontraba junto a la presa, fumando y pensando. Crowley, el sargento de guardia, tenía razón; el hombre de la cañería estaba muerto. Pero también se equivocaba, porque el caso no iba a ser fácil. Harry no volvería a casa a tiempo para su siesta o para escuchar el partido de los Dodgers por la radio. Las cosas no estaban claras, y Harry lo había sabido al instante.

Dentro de la tubería, Bosch no encontró huellas o, mejor dicho, no encontró huellas de utilidad. El suelo estaba oculto bajo una capa de tierra naranja, cubierta a su vez de bolsas de papel, botellas de vino vacías, bolas de algodón, jeringas usadas y papel de periódico dispuesto para dormir encima; en definitiva, los restos de vagabundos y drogadictos. A medida que avanzaba hacia el cadáver, Bosch lo estudiaba todo meticulosamente a la luz de la linterna. No encontró ningún rastro atribuible al muerto, que yacía en el suelo con la cabeza en primer plano. Algo no encajaba. Si el hombre hubiese entrado por su propio pie, habría dejado alguna huella. Si lo hubiesen arrastrado, también debería haber alguna señal. Pero no había nada, y aquel dato no fue lo único que preocupó a Bosch.



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