El ECG saltó ligeramente. Peter miró a uno de los monitores de Hwa: la presión sanguínea también subía.

—Señor —dijo Peter—. El ritmo del corazón está aumentando.

Mamikonian miró al osciloscopio de Peten.

—Eso es normal —dijo, parecía irritado por haber sido interrumpido.

Mamikonian le devolvió el escalpelo, ahora manchado y rojo, a la enfermera. Ella le pasó la sierra, y él la activó. El zumbido apagó el sonido del ECG de Peter. La hoja rotatoria de la sierra atravesó el esternón. Un olor acre salió de la cavidad del cuerpo: hueso en polvo. Una vez que el esternón estuvo abierto, dos técnicos usaron un instrumento para mantenerlo abierto. Le dieron hasta que el corazón, palpitando una vez por segundo, quedó visible.

Mamikonian levantó la vista. En la pared había un contador isquémico digital; se activaría en el momento en que cortase el órgano, midiendo el tiempo durante el que no habría sangre fluyendo por el corazón. Al lado de Mamikonian había un recipiente de plástico lleno de solución salina. Lavaría el corazón allí para sacarle la sangre. Luego lo pasarían a un contenedor Igloo lleno de hielo para el vuelo a Sudbury.

Mamikonian pidió otro escalpelo y se inclinó para cortar el pericardio. Y, justo cuando la hoja cortaba la membrana que rodeaba el corazón…

El pecho de Enzo Bandello, donante de órganos legalmente muerto, se levantó como un todo.

Un jadeo escapó alrededor del tubo de respiración.

Un momento más tarde, se oyó un segundo jadeo.

—Jesús… —dijo Peter, en voz baja.

Mamikonian parecía irritado. Chasqueó los dedos enguantados hacia una de las enfermeras.

—¡Más Myolock!

Ella se movió y administró una segunda dosis.



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