Habló en un inglés tan perfecto que durante toda una generación las más vivas controversias se sucedieron a través del Atlántico. Pero el contexto del discurso fue aún más sorprendente que su forma. Fue, desde cualquier punto de vista, la obra de un genio superlativo, con un dominio total y completo de los asuntos humanos. No cabía duda alguna de que su erudición y su virtuosismo habían sido deliberadamente planeados para que la humanidad supiese que se hallaba ante una abrumadora potencia intelectual. Cuando Karellen concluyó su discurso las naciones de la Tierra comprendieron que sus días de precaria soberanía habían concluido. Los gobiernos locales podrían retener sus poderes, pero en el campo más amplio de los asuntos internacionales las decisiones supremas habían pasado a otras manos. Argumentos, protestas, todo era inútil.

Era difícil que todas las naciones fuesen a aceptar mansamente semejante limitación de sus poderes. Pero una resistencia activa presentaba dificultades insuperables, pues la destrucción de las naves, si eso fuese posible, aniquilaría a las ciudades que estaban debajo. Sin embargo, una gran potencia hizo la prueba. Quizá los responsables pensaban matar dos pájaros de un tiro, pues el blanco se hallaba suspendido sobre las capital de una vecina nación enemiga.

Mientras la imagen de la enorme nave se agrandaba en la pantalla televisora del secreto cuarto de control, el pequeño grupo de oficiales y técnicos debió de haber experimentado muy diversas sensaciones. Si tenían éxito ¿qué acción emprenderían las otras naves? ¿Podrían ser también destruidas? ¿Volvería la humanidad a ser dueña de sus destinos? ¿O lanzaría Karellen alguna terrible venganza contra aquellos que lo habían atacado?

La pantalla se apagó de pronto. El proyectil atómico estalló ante el impacto y la imagen pasó de una cámara a otra que flotaba en el aire a varios kilómetros de altura. En esa fracción de segundo la bola de fuego ya se habría formado y estaría cubriendo el cielo con su fuego solar.



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