Mi interacción con los videntes compañeros de don Juan fue un ejemplo de esta dificultad de recordar. Con la excepción de don Genaro, yo sólo tenía contacto con ellos en estados de conciencia acrecentada; por ello, en mi vida normal, no podía recordarlos de ninguna manera. Después de esfuerzos inauditos, llegué a recordar que siempre me reunía con ellos de un modo casi ritual. Comenzaba al arribar en mi coche a la casa de don Genaro, en un pueblito en el sur de México. De inmediato, don Juan se unía a nosotros y luego los tres nos empeñábamos en ejecutar las enseñanzas para el lado derecho. Al cabo de un rato, don Juan me hacía cambiar niveles de conciencia y yo los llevaba a los dos en mi coche a un pueblo cercano, más grande, donde don Juan y don Genaro vivían con sus otros compañeros videntes.

Cada vez que yo entraba en un estado de conciencia acrecentada no podía dejar de maravillarme de la diferencia entre mis dos lados. Siempre sentía como si un velo se me quitara de los ojos, como si antes hubiera estado parcialmente ciego y ahora podía ver. La libertad, el absoluto regocijo que solía posesionarse de mí en esas ocasiones no puede compararse con ninguna otra cosa que haya experimentado jamás. Pero al mismo tiempo, había un aterrador sentido de tristeza y añoranza que iba de la mano con aquella libertad y aquel regocijo. Don Juan me había dicho que sin tristeza y añoranza uno no está completo, pues sin ellas no hay sobriedad, no hay gentileza. Decía que la sabiduría sin gentileza y el conocimiento sin sobriedad son inútiles.

La meta final de sus enseñanzas para el lado izquierdo fue la explicación que don Juan, junto con algunos de sus compañeros videntes, me dieron acerca de la tres facetas de su conocimiento: la maestría del estar consciente de ser, la maestría del acecho y la maestría del intento.



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