
Al principio el abogado intentó resignarse a la soledad. Tuvo una relación con una viuda, hizo un largo viaje por Francia e Italia, conoció a una jovencita llamada Rebeca, al final se conformó con ordenar su vasta y desordenada biblioteca. Cuando el Bebe volvió de Estados Unidos, en una de cuyas universidades trabajó durante un año, Pereda se había convertido en un hombre prematuramente avejentado. Preocupado, el hijo se afanó en no dejarlo solo y a veces iban al cine o al teatro, en donde el abogado solía dormirse profundamente, y otras veces lo obligaba (pero sólo al principio) a acudir junto a él a las tertulias literarias que se organizaban en la cafetería El Lápiz Negro, donde los autores nimbados por algún premio municipal disertaban largamente sobre losdestinos de la patria. Pereda, que en estas tertulias no abrió nunca la boca, comenzó a interesarse por lo que decían los colegas de su hijo. Cuando hablaban de literatura, francamente se aburría. Para él, los mejores escritores de Argentina eran Borges y su hijo, y todo lo que se añadiera al respecto sobraba. Pero cuando hablaban de política nacional e internacional el cuerpo del abogado se tensaba como si le estuvieran aplicando una descarga eléctrica. A partir de entonces sus hábitos diarios cambiaron. Empezó a levantarse temprano y a buscar en los viejos libros de su biblioteca algo que ni él mismo sabía qué era. Se pasaba las mañanas leyendo. Decidió dejar el vino y las comidas demasiado fuertes, pues comprendió que ambas cosas abotargaban el entendimiento. Sus hábitos higiénicos también cambiaron. Ya no se acicalaba como antes para salir a la calle. No tardó en dejar de ducharse diariamente.
