
Había menos movimiento. La luz del día empezaba a filtrarse en el depósito; la pesca de esa noche yacía apilada sobre planchas de acero. Danny echó una ojeada y vio que la única persona viva del lugar era un ayudante de investigación sentado en una silla junto a la sala de despacho, que se escarbaba alternativamente la nariz y los dientes.
Danny se le acercó. El viejo, con aliento a licor, le preguntó quién era.
– Agente Upshaw, Hollywood Oeste. ¿Quién es el jefe?
– Bonita tarea. ¿No eres un poco joven para un trabajo tan duro?
– Me gusta trabajar. ¿Quién es el jefe?
El viejo restregó por la pared el dedo con el que se escarbaba la nariz.
– Por lo que veo, no eres muy conversador. El doctor Katz llevaba la voz cantante, sólo que unos tragos le hicieron cantar a él. Ahora duerme la mona en su coche. ¿Por qué todos los judíos conducen Cadillacs? Tú eres detective. ¿Tienes una respuesta para eso?
Danny hundió los puños en los bolsillos y los apretó, su recurso para conservar la calma.
– Ni idea. ¿Cómo se llama usted?
– Ralph Carty es mi…
– Ralph, ¿alguna vez ha hecho preparativos para una autopsia? Carty rió.
– Hijo, los he hecho todos. Rodolfo Valentino, que estaba seco como un grillo. Lupe Vélez y Carole Landis. Tengo fotos de ambas. Lupe se afeitaba la entrepierna. Finges que no están muertas y lo pasas bien. ¿Qué dices? ¿Lupe y Carole, cinco dólares cada una?
Danny cogió la billetera y extrajo dos billetes de diez; Carty metió la mano en el bolsillo interior y sacó un fajo de fotografías.
– No -atajó Danny-. El sujeto que quiero está allá, en una plancha de acero.
– ¿Qué?
– Haré los preparativos. Ahora.
– Hijo, tú no eres un empleado calificado de este depósito.
Danny añadió cinco dólares al soborno y se los dio a Carty; el viejo besó la borrosa fotografía de una actriz muerta.
