Rebecca bajó la copa porque le temblaba el brazo, pero sabía que él no se daría cuenta.

– No siempre he sido tan sofisticada.

– Pero así es como me gusta verte.

Por supuesto también sabía que a Danvers no le interesaría otra versión de ella que no le fuera bien a él. Probablemente acabaría casándose con él, no por amor, sino por falta de otra fuerza que se opusiera. Tenía treinta y dos años y sentía que el camino sin rumbo que era su vida no podía seguir así indefinidamente. Rechazó su propuesta de una cena, alegando cansancio. Él la acompañó a su suite e hizo un último intento de prolongar la velada, acercándose para besarla, pero ella se puso tensa.

– De verdad estoy muy cansada. Buenas noches, Danvers.

– Está bien. Tómate un sueño de belleza para estar perfecta para mañana.

– ¿Mañana?

– Cenamos con el presidente del banco, no puedes haberte olvidado.

– Claro que no. Estaré allí con mi mejor sonrisa. Buenas noches.

Al fin se quedó sola. Apagó la luz y se asomó a la ventana, desde la que observó las luces de Londres, que brillaban contra la oscuridad, y que le recordaron a lo que prometía ser su vida a partir de entonces, un panorama interminable de ocasiones brillantes, cenas con el presidente, noches en la ópera, restaurantes lujosos, entretenerse en una mansión lujosa como una perfecta esposa y anfitriona.

Antes le parecía suficiente, pero algo la había desestabilizado aquella noche. Ver a aquella pareja joven que creía apasionadamente en el amor le había recordado demasiadas cosas en las que ya no creía.

«Becky» sí había creído, pero estaba muerta. Había muerto en una confusión de dolor, sufrimiento y desilusión, pero aquella noche su fantasma revivió en la opulenta fiesta, mirándola con reproche y recordándole que una vez había tenido corazón, que le había dado a un joven rebelde que la adoraba.



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