Fred Vargas


El hombre de los círculos azules


Título de la edición original: L ’ homme aux cercles bleus


Traducción de Helena del Amo


Mathilde sacó su agenda y escribió: «El tipo que está sentado a mi izquierda empieza a tocarme las narices».

Bebió un sorbo de cerveza y volvió a echar una ojeada a su vecino, un tipo enorme que daba golpecitos con los dedos en la mesa desde hacía diez minutos.

Añadió en la agenda: «Está sentado demasiado cerca de mí, como si nos conociéramos, aunque jamás le había visto. Estoy segura de que no le había visto jamás. No se puede contar nada más de este tipo que lleva gafas negras. Estoy en la terraza del Café Saint-Jacques y he pedido una caña. La bebo. Me concentro en la cerveza. No tengo nada mejor que hacer».

El vecino de Mathilde siguió tecleando.

– ¿Pasa algo? -preguntó Mathilde.

Mathilde tenía la voz grave y muy cascada. El hombre dedujo que era una mujer y que fumaba todo lo que podía.

– Nada, ¿por qué? -preguntó el hombre.

– Me está empezando a poner nerviosa verle tamborilear en la mesa. Hoy me crispa todo.

Mathilde acabó la cerveza. Todo le parecía insulso, sensación típica de los domingos. Mathilde tenía la impresión de que sufría más que los demás ese mal bastante común que ella llamaba «el mal del séptimo día».

– Tiene usted aproximadamente cincuenta años, ¿verdad? -preguntó el hombre sin apartarse de ella.

– Es posible -dijo Mathilde.

No le hizo ninguna gracia. ¿Qué podía importarle a ese tipo? En ese instante acababa de descubrir que el chorrillo de agua de la fuente de enfrente, desviado por el viento, mojaba el brazo de un ángel esculpido más abajo, y esos eran seguramente instantes de eternidad. En realidad, el tipo estaba a punto de estropearle el único instante de eternidad de su séptimo día.



1 из 185