Ahora que le veía, estaba sorprendido, pero no solamente por la lentitud de sus gestos y sus palabras. En primer lugar le había decepcionado su cuerpo pequeño, delgado y sólido, aunque no impresionante, la negligencia general del personaje, que no se había presentado a ellos a la hora fijada y que se había hecho el nudo de la corbata sobre una camisa deformada, metida de cualquier manera en los pantalones. Luego la seducción había subido, como el nivel de un recipiente de agua. Había empezado con la voz de Adamsberg. A Danglard le gustaba oírle, le calmaba, le adormilaba casi. «Es como una caricia», había dicho Florence, aunque bueno, Florence era una chica y la única responsable de las palabras que elegía. Castreau había vociferado: «No dirás que es guapo,…». Florence se había quedado pensativa. «Espera, tengo que pensarlo», había respondido. Florence siempre decía eso. Era una chica escrupulosa que pensaba mucho antes de hablar. No muy segura de sí misma, había balbuceado: «No, pero tiene que ver con el atractivo, o algo así. Lo pensaré». Como sus compañeros se habían reído al ver que Florence parecía tan reflexiva, Danglard había dicho: «Florence tiene razón, es evidente». Margellon, un joven agente, había aprovechado la ocasión para tratarle de maricón. Margellon jamás había dicho nada inteligente, jamás. Y Danglard necesitaba la inteligencia como el beber. Se había encogido de hombros pensando furtivamente que sentía mucho que Margellon no tuviera razón, porque había sufrido un montón de desengaños con las mujeres y pensaba que seguramente los hombres eran menos egoístas. Oía decir que los hombres eran unos cerdos y que cuando se habían acostado con una mujer la clasificaban, pero las mujeres eran peores, porque se negaban a acostarse con nosotros si en ese momento no les convenía. De este modo, no solamente se nos evaluaba y sopesaba, sino que además no nos acostábamos con nadie.



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