En una noche así, ya muy tarde, casi de madrugada, Biralbo y yo, exaltados o absueltos por la ginebra, habíamos caminado sin dignidad y sin paraguas bajo una lluvia tranquila y como tocada de misericordia, con olor de algas y de sal, asidua como una caricia, como las conocidas calles de la ciudad que pisábamos. Él se detuvo alzando la cara hacia la lluvia, bajo las ramas horizontales y desnudas de los tamarindos, y me dijo: «Yo debiera ser negro, tocar el piano como Thelonius Monk, haber nacido en Memphis, Tennessee, estar besando ahora mismo a Lucrecia, estar muerto.»

Ahora lo veía inclinado sobre la cama, buscando algo entre las ropas dobladas y ordenadas de la maleta, y de pronto pensé -veía su cara absorta en el espejo del armario- que verdaderamente era otro hombre y que yo no estaba seguro de que fuera mejor. Eso duró sólo un instante. En seguida se volvió hacia mí mostrándome un paquete de cartas atado con una goma elástica. Eran sobres alargados, con los filos azules y rojos del correo aéreo, con sellos muy pequeños y exóticos y una inclinada escritura femenina que había trazado con una tinta violeta el nombre de Santiago Biralbo y su dirección en San Sebastián. En el ángulo superior izquierdo, una sola inicial: L. Calculé que habría veinte o veinticinco cartas. Luego me dijo Biralbo que aquella correspondencia había durado dos años y que se detuvo tan abruptamente como si Lucrecia hubiera muerto o nunca hubiera existido.

Pero era él quien había tenido en aquel tiempo la sensación de no existir. Era como si se fuese gastando, me dijo, como si lo gastara el roce del aire, el trato con la gente, la ausencia. Había entendido entonces la lentitud del tiempo en los lugares cerrados donde no entra nadie, la tenacidad del óxido que tarda siglos en desfigurar un cuadro o volver polvo una estatua de piedra. Pero estas cosas me las dijo uno o dos meses después de mi primera visita.



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