Política. Todo era política, en el fondo. Rebus alzó la vista y vio a Kirstin Mede ante él. Era alta, esbelta y vestía impecablemente. Su maquillaje era como el de las mujeres que aparecen en los anuncios de modas. Aquel día lucía un traje sastre a cuadros cuya falda apenas le cubría la rodilla, y llevaba unos pendientes dorados y grandes. Acababa de abrir la cartera de la que sacaba un montón de papeles.

– Las últimas traducciones -dijo.

– Gracias.

Rebus miró una nota recordatoria que tenía en la mesa: «¿Imprescindible el viaje a Corréze?». Bueno, Watson había dicho que lo que hiciera falta. Alzó los ojos hacia Kirstin Mede pensando en si el presupuesto permitiría incluir un guía. Estaba ya sentada ante la mesa poniéndose unas gafas de media luna.

– ¿Le apetece un café? -preguntó.

– Hoy tengo cierta prisa y sólo he venido para que vea esto -respondió ella tendiéndole dos pliegos: una fotocopia de un informe mecanografiado en alemán y su traducción correspondiente. Rebus miró el original.

«Der Beginn der Vergeltungsmassnahmen hat ein merkbares Aufatmen hervorgerufen und die Stimmung sehr günstig beeinflusst.»

– El inicio de las represalias -leyó en voz alta- ha repercutido en una notable mejora de la moral y la tropa se encuentra sensiblemente más tranquila.

– Presuntamente de Linzstek a su comandante -dijo ella.

– ¿No está firmado?

– Sólo aparece el apellido subrayado.

– No sirve de prueba contra Linzstek.

– No, pero ¿recuerda lo que hablamos? Sirve como prueba del móvil de la matanza.

– ¿Una manera de relajar a los muchachos?

Ella le dirigió una mirada glacial.



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