
Pero desde la boda de Emily tres meses atrás, el ojo de casamentera de su madre se había fijado nuevamente en la única hija que le quedaba soltera, un giro de los acontecimientos que Sammie debería haber previsto. Estaba claro que su madre no había abandonada aquellas ridículas esperanzas. Con todo, ella restó importancia a sus esfuerzos, sabedora de que entre sus conocidos nadie querría casarse con una mujer sosa, con gafas, sin pelos en la lengua y socialmente inepta, un ratón de biblioteca que se quedaría para vestir santos.
Excepto, al parecer, el mayor Wilshire, del cual sólo podía pensar que había perdido el juicio.
Su padre se encajó el monóculo en el ojo izquierdo y la observó.
– Debo decir, Sammie, que no pareces tan feliz como me aseguró tu madre que te sentirías. -Parecía verdaderamente perplejo.
– No tengo el menor deseo de casarme con el mayor Wilshire, papá. -Se aclaró la garganta y agregó con toda claridad-: Y no pienso hacerlo.
– Bah. Naturalmente que te casarás. Todo está arreglado, querida.
– ¿Arreglado?
– Por supuesto. Este domingo se publicarán las amonestaciones. La boda se celebrará el mes que viene.
– ¡El mes que viene! Papá, esto es una locura. No puedo…
– No te preocupes, Samantha. -Estiró un brazo y palmeó la mano de su hija-. Estoy seguro de que te sentirás feliz una vez que el mayor y tú os conozcáis un poco mejor. -Su voz adoptó un tono de conspiración-. Tiene pensado hacerte una visita esta misma semana para regalarte un anillo de compromiso. Un zafiro, creo.
– Yo no quiero un anillo de compromiso…
– Claro que sí. Todas las jóvenes lo quieren. Bueno, es muy tarde y estoy muy cansado. Todos estos preparativos nupciales resultan agotadores, y deseo retirarme. Tu querida madre se ha pasado horas arengándome, y soy incapaz de continuar conversando. Ya seguiremos hablando de los preparativos mañana.
