Benjamin Black


El lémur

1 . Invernaderos

El investigador que había contratado resultó ser un hombre joven, muy alto y muy flaco, con una cabeza demasiado pequeña para el físico que gastaba, y una nuez de Adán del tamaño de una pelota de golf. Llevaba unas gafas con montura al aire cuyas lentes eran poco menos que invisibles, dando el brillo del vidrio un lustre adicional a sus ojos grandes, redondos, ligeramente saltones, negros. De la barbilla le brotaba un espolón de barba rubia, y tenía la frente despejada y abovedada, llena aún de rastros de acné. Tenía las manos esbeltas y pálidas, nacaradas, los dedos largos y finos: manos de chica, o al menos las manos que una chica debiera tener. Pese a estar sentado, el tiro de los pantalones vaqueros, muy abolsados, le caía casi hasta las rodillas. En la camiseta, no demasiado limpia, ostentaba una leyenda: «La vida es un asco y al final te mueres». Parecía que tuviera diecisiete años, aunque debía de tener, calculó John Glass, más bien veintimuchos. Con el cuello largo, la cabeza pequeña, los ojos grandes y relucientes, le notó un acusado parecido con uno de los roedores más exóticos, aunque por el momento Glass no acertó a precisar cuál podía ser.

Se llamaba Dylan Riley. Naturalmente, pensó Glass: tenía que ser un Dylan.

– Total -dijo Riley-, que resulta que estás casado con la hija del Gran Bill.

Se había acomodado en un sillón giratorio, de cuero negro, en el despacho que tenía prestado Glass en la fachada norte de la Torre Mulholland. A su espalda, a través de una pared acristalada, la grisura de Manhattan se enfurruñaba vaporosa bajo la llovizna inconstante de abril.

– ¿Y eso te hace gracia? -preguntó Glass. Sentía un instintivo desagrado ante cualquiera que llevase una camiseta con una inscripción en la que se las diera de listillo.



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