Éstas eran las cosas que la madre de David le contaba antes de que la enfermedad se hiciese con ella. A menudo tenía un libro en la mano mientras hablaba, y acariciaba con cariño la cubierta, como acariciaba a veces el rostro de David o el de su padre cuando uno de ellos hacía o decía algo que le hacía recordar lo mucho que lo quería. El sonido de la voz de su madre era como una canción para David, una que revelaba constantemente nuevas improvisaciones o sutilezas previamente ocultas. Conforme crecía y la música ganaba importancia en su vida (aunque nunca tanta como los libros), empezó a pensar que la voz de su madre era menos como una canción y más como una especie de sinfonía, capaz de infinitas variaciones sobre los mismos temas y melodías, que cambiaban según su humor y su capricho.

Con el paso de los años, la lectura se convirtió en una experiencia más solitaria para David, hasta que la enfermedad de su madre los devolvió a ambos a su primera infancia, pero con los papeles invertidos. Sin embargo, antes de ponerse enferma, el niño a menudo entraba en la habitación en la que ella leía, la saludaba con una sonrisa siempre correspondida y se sentaba cerca para sumergirse en su propio libro, de modo que, aunque ambos estaban perdidos en mundos distintos, los dos compartían el mismo espacio y tiempo. Al mirarla mientras leía, David sabía si la historia que contaba el libro estaba viviendo dentro de su madre, y recordaba de nuevo todo lo que ella le había contado sobre las historias y los cuentos, sobre el poder que tenían sobre nosotros, y que nosotros, de igual modo, teníamos sobre ellos.

David nunca olvidaría el día en que murió su madre. Estaba en el colegio, aprendiendo (o no aprendiendo) cómo analizar un poema, con la mente llena de dáctilos y pentámetros que, más que versos, parecían nombres de extraños dinosaurios que habitaran una tierra prehistórica. El director abrió la puerta de la clase y se acercó al maestro de inglés, el señor Benjamín (o el Big Ben, como lo llamaban sus pupilos, tanto porque su tamaño era semejante al del famoso reloj, como porque tenía la costumbre de sacarse del chaleco su reloj de bolsillo y anunciar con voz lúgubre y profunda el lento paso del tiempo a sus indisciplinados alumnos).



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