
7
El científico
El Planeta Rojo ya no era tan rojo, aunque el proceso de reverdecerlo apenas si había comenzado. Concentrados en los problemas de la supervivencia, a los colonizadores (que odiaban esa palabra y ya estaban diciendo con orgullo «Nosotros, los marcianos») les quedaban pocas energías para dedicarlas al arte o a la ciencia. Pero el brillante relámpago del genio cae donde quiere, y el más grande físico teórico del siglo nació bajo las cúpulas en forma de burbuja de Puerto Lowell.
Al igual que Einstein, con quien se lo comparaba a menudo, Carlos Mendoza era un excelente músico. Dueño del único saxofón que había en Marte, era un diestro ejecutante de ese antiguo instrumento. También compartía la agudeza, llena de humildad, de Einstein: cuando sus predicciones sobre ondas gravitatorias se confirmaron de modo espectacular, su único comentario fue:
— Bueno, eso deja de lado la Teoría de la Gran Explosión, Versión 5… hasta el miércoles, por lo menos.
Carlos pudo haber recibido su Premio Nobel en Marte, como suponían todos, pero él adoraba las sorpresas y las bromas pesadas, así que apareció en Estocolmo con el aspecto de un caballero medieval vestido con armadura de alta tecnología, portando uno de los exoesqueletos provistos de energía propia que se habían desarrollado para parapléjicos. Con esa ayuda mecánica, Mendoza podía funcionar casi sin impedimentos en un ambiente que, de otro modo, lo habría matado con prontitud.
De más está decir que, cuando la ceremonia hubo terminado, a Carlos lo bombardearon con invitaciones para que asistiera a funciones científicas y sociales. Entre las pocas que pudo aceptar había una para presentarse ante la Comisión de Apropiaciones de la MEN, donde dejó una impresión inolvidable:
SENADOR LEDSTONE: Profesor Mendoza, ¿alguna vez oyó hablar del Pollito Alarmista?
PROFESOR MENDOZA: Temo que no, señor presidente.
