
Myron desviaba de vez en cuando la mirada a través de la ventana, hacia el cartel de «Se vende» en el jardín delantero, como si fuera una nave espacial que acababa de aterrizar y anunciara la inminente aparición de algo siniestro.
– ¿Dónde está papá?
Su madre señaló la puerta con gesto cansado.
– En el sótano.
– ¿En mi habitación?
– Tu antigua habitación, sí. Te mudaste, ¿recuerdas?
Se acordaba. A la tierna edad de treinta y cuatro años, ni más ni menos. Si se enteraran de su caso, a los expertos en educación infantil se les haría la boca agua y harían gestos de desaprobación: el hijo pródigo que opta por quedarse en su nido de dos niveles mucho más allá de lo que se considera la fecha apropiada para que la mariposa levante el vuelo. Pero Myron podría afirmar todo lo contrario. Podría alegar el hecho de que, durante muchas generaciones y en la mayoría de culturas, los hijos permanecían en el hogar familiar hasta la edad madura, que adoptar esta filosofía podría representar de hecho una revolución social, ayudando a la gente a permanecer arraigada a algo tangible en esta era de desintegración del núcleo familiar. O, si esta argumentación no lograba convencer, Myron podía ofrecer otra. Tenía miles.
Pero la verdad del tema era mucho más sencilla: le gustaba pasear por los suburbios con su madre y su padre… incluso si confesar esta predilección fuera tan poco moderno como un elepé de Air Supply.
– ¿Qué ocurre? -preguntó.
– Tu padre todavía no sabe que estás aquí -respondió ella-. Cree que llegas dentro de una hora.
Myron asintió con la cabeza, confuso.
– ¿Qué hace en el sótano?
– Se ha comprado un ordenador. Está jugando con él, ahí abajo.
– ¿Papá?
– Eso digo yo. El hombre no es capaz de cambiar una bombilla sin un manual de instrucciones y, de pronto, ahora resulta que es Bill Gates. Siempre metido en la nest.
