La casa de los Kaufman siempre había sido amarilla, pero la nueva familia de inquilinos la había hecho pintar de blanco. El nuevo color parecía erróneo, fuera de lugar. Había casas en las que habían elegido los revestimientos de aluminio, mientras que en otras se habían añadido anexos, modificando cocinas y dormitorios principales. La joven familia que se había mudado a la casa de los Miller se había deshecho de las características macetas rebosantes de flores tan propias de los Miller. Los nuevos propietarios de la casa Davis habían arrancado aquellos maravillosos arbustos que Bob Davis cuidaba los fines de semana. Todo aquello le hacía pensar a Myron en el típico ejército invasor que arranca las banderas de los invadidos.

– No quería contártelo -dijo la madre-. Ya conoces a tu padre. Sigue teniendo la sensación de que debe protegerte.

Myron asintió con la cabeza y siguió andando sobre las hojas.

Luego ella añadió:

– Fue algo más grave que unos dolores de pecho.

Myron se detuvo.

– Fue un infarto a todos los efectos -prosiguió, sin mirarlo a los ojos-. Estuvo tres días en cuidados intensivos. -Ahora empezó a parpadear-. Tenía la arteria casi totalmente obstruida.

Myron sintió que se le cerraba la garganta.

– Eso le ha cambiado. Sé cuánto le quieres, pero tienes que aceptarlo.

– ¿Aceptar qué?

La voz de ella era firme y delicada:

– Que tu padre se está haciendo mayor. Que yo me estoy haciendo mayor.

Myron lo pensó:

– Lo intento -dijo.

– ¿Pero?

– Pero veo este cartel de «Se vende»…

– Son maderas, clavos y ladrillos, Myron.

– ¿Qué?

Ella cruzó a través de las hojas y lo tomó del codo:

– Escúchame bien. Te lamentas como si estuviéramos de duelo, pero esa casa no es tu infancia. No forma parte de tu familia; no respira, ni piensa, ni ama. Es tan sólo un montón de madera, clavos y ladrillos.



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