
No sabía nada y le importaba menos.
– ¿Y los otros miembros del personal?
– Hablaré con ellos más tarde, cuando me haga una idea…
– No me refiero a eso. ¿Cómo quieres que te llamen?
Sebastian ocultó un gemido. La vida era mucho más sencilla en Estados Unidos. Allí simplemente era Sebastian Wolseley, un hombre que destacaba por lo que hacía y cómo lo hacía más que por el hecho de ser descendiente de la amante de un alegre monarca británico.
El título de vizconde Grafton era una cortesía de su padre. Cuando nació le había donado uno de los títulos que le sobraban y del que podría disfrutar a la espera del más importante. De todos modos, Sebastian se había asegurado de que nadie en Nueva York lo supiera.
El acoso a la aristocracia de rango menor era un cruel deporte al que los medios de comunicación británicos eran muy aficionados. Si se enteraban de su implicación en la empresa Coronet Cards se convertiría en el blanco de sus burlas. Mientras se burlaran del vizconde bien podría ser que los socios de Nueva York no lo relacionaran con él.
En todo caso, unas cuantas burlas valdrían la pena si eso significaba que nadie en esa ciudad se enteraría de que había suspendido temporalmente su brillante carrera en el banco para rescatar a las Hadas del Bosque del desastre fiscal.
– ¿Cómo se dirigían a George en la empresa?
– Como señor George, todos menos los miembros más antiguos del personal.
– Por ahora preferiría que me llamaran Sebastian -dijo él.
– ¿Todo el mundo?
– Sí.
– Bueno, si es eso lo quieres…
– Eso es lo que quiero -aseguró al tiempo que indicaba el despliegue de tarjetas de cumpleaños, platos de papel, servilletas y globos desparramados sobre la mesa de conferencias situada en un extremo del despacho-. ¿Y dices que este montón de cosas era la línea más rentable de Coronet? -preguntó, intentando ocultar su incredulidad.
– ¿Nunca has visto el programa de televisión? -preguntó, sorprendida.
