
Eva se estremeció.
– Mmm… -dijo en voz alta-. Son bonitas, pero se ensucian enseguida. A mí me gustan más las de cuero marrón, ¿las has visto?, como las que llevan los mayores.
– Yo no soy mayor. Sólo voy a empezar primero.
– Sí, pero irás creciendo, y no podrás tener una mochila nueva cada año, ¿sabes?
– Pero estamos mejor de dinero ahora, ¿no?
Eva no contestó. La pregunta le hizo volver la vista atrás; era un hábito que había adquirido. Emma encontró un palo y lo metió en el agua.
– ¿Por qué se hace espuma en el agua? -continuó-. ¿Una asquerosa espuma amarilla? -Removía el agua con el palo-. ¿Quieres que lo pregunte en el colegio?
Eva seguía sin contestar. También ella había apoyado la barbilla sobre las rodillas; sus pensamientos se habían disparado de nuevo, y Emma se dibujaba confusa en el rabillo de su ojo. El río le recordaba algo. Veía un rostro vibrar dentro de las oscuras aguas. Un rostro redondo con ojos rasgados y cejas negras.
– Túmbate sobre la cama, Eva.
– ¿Qué? ¿Por qué?
– Haz lo que te digo. Túmbate sobre la cama.
– ¿Podemos ir al McDonald's? -preguntó Emma de repente.
– ¿Cómo? Pues sí, podemos. Vamos al McDonald's. Al menos allí estaremos calentitas.
Se levantó algo aturdida y cogió a la niña por un brazo. Sacudió la cabeza y miró hacia el río. El rostro había desaparecido, no se veía nada, pero ella sabía que volvería, que la perseguiría tal vez durante el resto de su vida. Subieron al camino y anduvieron lentamente en dirección a la ciudad. No se encontraron con nadie.
Eva notó cómo sus pensamientos volaban de nuevo, tomaban sus propios caminos y aterrizaban en lugares que ella prefería olvidar. El murmullo del río formaba una serie de imágenes flotantes. Esperaba que desaparecieran, que la dejaran por fin en paz. Mientras tanto, el tiempo transcurría. Un día tras otro se habían convertido en seis meses.
