
La fiebre avanza por su cuerpo igual que impetuosas y sucesivas olas de tempestad. La cabeza le arde como si miles de insectos estuvieran picando y taladrando su frente y sus sienes. Poco a poco va perdiendo el conocimiento, sumergiéndose en senderos subterráneos donde, tras las sombras, se vislumbran las distorsionadas imágenes de las pesadillas.
«No puedo morir ahora», piensa aferrándose a la sábana en un intento por mantenerse vivo.
Pero la virulencia del acceso de malaria es más fuerte que su voluntad. Atrapa la realidad cortándola en pedazos que no coinciden con ningún lugar determinado. De repente cree que va sentado en el asiento trasero de un viejo Saab que avanza sin control por los interminables bosques de Norrland. No puede ver a la persona que se encuentra sentada delante de él, sólo una espalda negra, sin cuello, sin cabeza.
«Es la fiebre», piensa de nuevo. «Tengo que mantenerme así, pensando todo el tiempo que es sólo la fiebre, sólo eso.»
De pronto se da cuenta de que ha empezado a nevar en la habitación. Los copos blancos se deslizan por su rostro y siente inmediatamente el frío a su alrededor.
«Ahora nieva en África», piensa. «Es curioso, en realidad no debería ser así. Tengo que buscar una pala. Debo levantarme y quitar la nieve si no quiero quedarme aquí enterrado.»
Llama a Luka de nuevo, pero nadie contesta, no viene nadie. Decide que, si sobrevive a este golpe de fiebre, lo primero que hará será despedir a Luka.
«Bandidos», piensa desconcertado. «Seguramente son ellos los que han cortado el cable de la luz.»
Se queda escuchando y le parece oír sus silenciosas pisadas fuera de la casa. Coge con una mano el revólver que tiene bajo la almohada, hace un esfuerzo para incorporarse y mantenerse sentado y apunta con él hacia la puerta. Para lograr levantarlo lo sostiene con ambas manos y, desesperado, nota que no tiene fuerza suficiente en el dedo para apretar el gatillo.
