Se guardó la tiza en el bolsillo del vestido. Se puso de pie y, tras recogerse la falda, se la ató en torno a la cintura. Se sacó de otro bolsillo un trozo de metal y lo lanzó delante de ella para que cayera justo detrás del cuadro más alejado.

Saltó hacia adelante, sus piernas golpearon con fuerza el suelo y su sombra serpenteó tras ella hasta el fondo del pasillo. Iba muy rápida y sus zapatillas de tenis se deslizaban por los números que había escrito en cada rectángulo, primero con un pie, luego con los dos, después con uno otra vez, hasta que llegó al último cuadro.

Se agachó, recogió el trozo de metal y permaneció en aquella posición, inmóvil, con la falda aún recogida por encima de los muslos, las manos caídas y jadeando. Cogió aire, sopló y apagó la vela.

Ahora estaba a obscuras. Sólo olor a humo.

Saltó y en el aire giró para caer mirando en sentido contrario, después avanzó saltando con más fuerza por el pasillo a obscuras, siguió cayendo encima de los cuadrados y sus zapatillas de tenis golpearon con estrépito en el obscuro suelo, por lo que el sonido resonó en los extremos más remotos de la desierta villa italiana y se prolongó hacia la luna y el barranco, cicatriz que a medias circundaba el edificio.

A veces, de noche, el hombre quemado oía un tenue temblor en el edificio. Subía el volumen de su audífono y percibía un ruido de golpes que seguía sin poder reconocer ni situar.

Cogió el cuaderno de notas que había sobre la mesita contigua a la cama del hombre quemado. Era el libro que éste llevaba consigo cuando salió de entre las llamas: un ejemplar de la Historia de Herodoto, en el que había pegado páginas recortadas de otros libros y había escrito sus propios comentarios, todo ello entremezclado con el texto de Herodoto.



13 из 258