
Conque conocía su país antes de estrellarme entre ellos, sabía cuándo lo había cruzado Alejandro en el pasado por tal o cual motivo o interés. Conocía las costumbres de los nómadas obsesionados con la seda o los pozos. Una tribu tiñó el suelo de todo un valle, lo ennegreció para aumentar la convección y, por tanto, la posibilidad de precipitaciones y construyó altas estructuras desde las que perforar el vientre de una nube. Los miembros de algunas tribus, cuando comenzaba a levantarse viento, alzaban la palma abierta y creían que, si lo hacían en el momento oportuno, podían desviar una tormenta hacia una esfera adyacente del desierto, hacia otra tribu rival. Había desapariciones continuas, tribus que entraban en la Historia de repente al ahogarse en la arena.
En el desierto es fácil perder el sentido de la orientación. Cuando me precipité desde el aire en el desierto, en aquellas depresiones doradas, no cesaba de pensar: debo construir una balsa… debo construir una balsa.
Y, pese a estar rodeado de arenas secas, sabía que estaba entre gente de mar.
En Tassili he visto pinturas rupestres de una época en que los habitantes del Sahara cazaban hipopótamos desde barcas hechas con cañas. En Wadi Sura vi grutas cuyas paredes estaban cubiertas con pinturas que representaban a nadadores. Allí había habido un lago. Podía dibujarles su forma en una pared. Podía guiarlos hasta su ribera, seis mil años atrás.
Si preguntas a un marinero cuál es la más antigua vela conocida, te describirá una trapezoidal colgada del mástil de un barco hecho de caña que puede verse en los dibujos rupestres de Nubia: predinástica. Aún se encuentran arpones en el desierto. Eran gente de mar. Todavía hoy las caravanas parecen un río. Aun así, hoy lo extraño allí es el agua. El agua es la exiliada, que regresa transportada en latas y frascos, el fantasma entre tus manos y tu boca.
