«¿Sabes por qué el ejército no quería que te quedaras aquí, con el paciente inglés?»

«¿Un matrimonio desconcertante? ¿Mi complejo de Electra?» Le sonrió.

«¿Cómo está ese hombre?»

«Sigue nervioso por lo del perro.»

«Dile que lo traje yo.»

«Tampoco está seguro de que tú vayas a quedarte aquí. Cree que podrías marcharte con la vajilla.»

«¿Crees que le gustaría tomar un poco de vino? Hoy he conseguido agenciarme una botella.»

«¿Dónde?»

«¿La quieres o no?»

«Vamos a tomárnosla ahora. Olvidémonos de él.»

«¡Ah, el gran paso!»

«Nada de gran paso. Me hace mucha falta una bebida de verdad.»

«Veinte años de edad. Cuando yo tenía veinte años…»

«Sí, sí, ¿por qué no te agencias un gramófono un día? Por cierto, creo que eso se llama saqueo.»

«Mi país me enseñó todo eso. Es lo que hice por él durante la guerra.»

Entró en la casa por la capilla bombardeada.

Hana se irguió, un poco mareada, le costaba conservar el equilibrio. «Y mira lo que te hizo», se dijo.

Durante la guerra apenas hablaba, ni siquiera con aquellos con los que trabajaba más estrechamente. Necesitaba a un tío, a un miembro de la familia. Necesitaba al padre del niño, mientras esperaba a emborracharse por primera vez en varios años, mientras en el piso superior un hombre quemado se había sumido en sus cuatro horas de sueño y un antiguo amigo de su padre estaba ahora desvalijándole el botiquín, rompiendo la punta de la ampolla de cristal, ciñéndose un cordón al brazo e inyectándose la morfina rápidamente, en el tiempo que tardaba en darse la vuelta.


Por la noche, en las montañas que los rodeaban, incluso a las diez, sólo la tierra estaba obscura. Un cielo gris claro y colinas verdes.

«Estaba harta de pasar hambre, de no inspirar otra cosa que deseo carnal. Conque me retiré: de las citas, los paseos en jeep, los amoríos. Los últimos bailes antes de que murieran… me consideraban una esnob.



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