Había pasado del final de Kim, con sus exquisitas y sagradas frases -ahora leídas con dicción clara-, al cuaderno de notas del paciente, el libro que, a saber cómo, había logrado salvar del fuego. Así abierto, el libro tenía casi el doble de su grosor original.

Había una fina página arrancada de una Biblia y pegada en el texto.


El rey David era ya viejo y entrado en años y, por más que lo cubrían con ropas, no lograba entrar en calor.

Entonces sus servidores dijeron: «Hay que buscar para el Rey, nuestro señor, una joven virgen que lo cuide y duerma en sus brazos para que el Rey, nuestro señor, entre en calor.»

Conque buscaron por toda la tierra de Israel una muchacha hermosa, hallaron a la sunamita Abisag y la llevaron ante el Rey. Y la muchacha cuidó al Rey y le sirvió, pero el Rey no la conoció.


La tribu -, que había salvado al piloto quemado, lo llevó a la base británica de Siwa en 1944. Lo trasladaron del Desierto Occidental a Túnez en el tren ambulancia de medianoche y después por barco a Italia. En aquel momento de la guerra, había centenares de soldados que habían perdido la conciencia de su identidad, sin que se tratara de un engaño. Los que afirmaban no estar seguros de su nacionalidad fueron agrupados en un campamento en Tirrenia, donde se encontraba el hospital del mar. El piloto quemado era un enigma más: sin identificación e irreconocible. En el cercano campamento para criminales, se encontraba -encerrado en una jaula- el poeta americano Ezra Pound, quien ocultaba en su cuerpo y en sus bolsillos -y la cambiaba de sitio todos los días para, según creía, mayor seguridad- la vaina de eucalipto que había recogido, cuando lo detuvieron, en el jardín de quien lo traicionó. «El eucalipto es bueno para la memoria.»



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