Nadie dijo nada.

Ella dijo: «Es de Stephen Crane, quien nunca visitó el desierto.»

«Sí que lo visitó», dijo Madox.


Julio de 1936.

En la guerra hay traiciones que, comparadas con nuestras traiciones humanas en época de paz, resultan infantiles. El nuevo amor irrumpe en los hábitos del otro. Todo queda destruido y se ve desde una nueva perspectiva. Para ello se recurre a frases nerviosas o tiernas, aunque el corazón es un órgano de fuego.

Una historia de amor no versa sobre aquellos cuyos corazones se extravían, sino sobre quienes tropiezan con ese hosco personaje interior y comprenden que el cuerpo no puede engañar a nadie ni nada: ni la sabiduría del sueño ni el hábito de la cortesía. Es un consumirse de uno mismo y del pasado.


La habitación verde estaba casi sumida en la obscuridad. Hana se volvió y advirtió que tenía el cuello entumecido por la inmovilidad. Había estado concentrada y absorta en la enrevesada caligrafía del grueso volumen de mapas y textos. Había incluso un pequeño helécho pegado. Los nueve libros de la Historia. No cerró el libro, no lo había tocado después de dejarlo sobre la mesilla. Se alejó de él.


Cuando encontró la gran mina, Kip estaba en un campo al norte de la villa. Al cruzar el huerto, se torció el pie con el que estuvo a punto de pisar el cable verde, perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Levantó el cable hasta tensarlo y después lo recorrió, zigzagueando entre los árboles.

Al llegar al punto del que partía el cable, se sentó con la bolsa de lona en las rodillas. Aquella mina le impresionó. La habían cubierto con hormigón. Habían derramado cemento líquido sobre el explosivo para camuflar su mecanismo y su potencia. A unos cuatro metros de distancia, había un árbol desnudo y otro a unos diez metros. La bola de hormigón estaba cubierta por la hierba crecida durante dos meses.

Abrió la bolsa, sacó unas tijeras y cortó la hierba.



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