
Hana estaba trasladando un gran espejo por el pasillo. Hizo un alto por el peso y después reanudó la marcha con el gastado rosa obscuro del pasillo reflejado en el espejo.
El inglés quería verse. Antes de entrar en el cuarto, Hana volvió con cuidado el reflejo hacia ella para que la luz de la ventana no se reflejase indirectamente en la cara del paciente.
Los únicos colores claros que se le veían, tumbado ahí con su obscura piel, eran la palidez del auricular en el oído y la aparente llamarada del almohadón. Apartó las sábanas con sus manos. Sigue, hasta abajo, dijo, al tiempo que las empujaba, y Hana las recogió hasta la base de la cama.
Se subió a una silla al pie de la cama e inclinó despacio el espejo hacia él. Estaba en esa posición, con las manos estiradas delante de sí, cuando oyó unos gritos apagados.
Al principio, no atendió. Con frecuencia llegaban hasta la casa ecos del valle. Cuando vivía sola con el paciente inglés, siempre la desconcertaban los megáfonos utilizados por los militares que daban instrucciones.
«Mantén el espejo inmóvil, mi amor», dijo él.
«Me ha parecido oír gritos. ¿Los oyes?»
Con la mano izquierda aumentó el volumen del audífono.
«Es el muchacho. Más vale que vayas a ver qué le pasa.»
Apoyó el espejo contra la pared y salió corriendo por el pasillo. Se detuvo fuera a esperar el próximo grito. Cuando lo oyó, se lanzó por el jardín hacia los campos situados por encima de la casa.
