Tienes que marcharte. Se puso los auriculares para que volviera a llegarle el sonido enteramente y lo ayudara a pensar con claridad. Se representó los diferentes trayectos del cable y se desvió por las circunvoluciones de sus nudos, los giros repentinos, los interruptores enterrados que lo convertían de positivo en negativo: un polvorín. Recordó el perro con ojos como platos. Recorrió, al ritmo de la música, los cables, sin dejar de mirar las manos de la muchacha, que los sostenían muy quietas.

«Más vale que te vayas.»

«Necesitas otra mano para cortarlo, ¿no?»

«Puedo atarlo al árbol.»

«Yo te lo sostengo.»

Le cogió el cable de la mano izquierda como si fuera una víbora muy delgada y después el otro. Ella no se apartó. Él no dijo nada más, ahora tenía que pensar con la mayor claridad posible, como si estuviera solo. Ella se le acercó y volvió a coger uno de los cables. El no se dio cuenta de ello, se le había borrado la presencia de Hana. Volvió a recorrer todo el camino hasta la espoleta, acompañado por la mente que había imaginado aquella coreografía, tocando todos los puntos decisivos, radiografiando todo el conjunto, mientras la música invadía todos los demás resquicios.

Antes de que se le desdibujara el teorema, se acercó a ella y cortó el cable que colgaba de su mano izquierda con un chasquido como de mordisco. Vio el obscuro estampado de su vestido a lo largo de su hombro y contra su cuello. La bomba estaba desactivada. Dejó caer las cizallas y le puso la mano en el hombro, porque necesitaba tocar algo humano. Ella estaba diciendo algo que él no podía oír, por lo que alargó la mano y le quitó los auriculares y entonces se hizo el silencio: la brisa y un murmurio. Kip se dio cuenta de que no había oído el ruido seco del corte, sólo lo había sentido, al quebrarse, como la rotura de un huesecillo de conejo. No retiró la mano, sino que se la bajó por el brazo y tiró de los quince centímetros de cable que ella tenía aún apretados en la mano.



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