
Apretó los labios. El superior era grueso, delgado el inferior. Formaron un surco de aflicción en su cara, y dio la sensación de que intentaban contener sin éxito un torbellino interior. Un compañero de fatigas, pensó Deborah. Su sufrimiento la conmovió.
– Es una pintura muy hermosa, ¿verdad? -Habló en el tono semisusurrado que se adopta automáticamente en los sitios consagrados a la oración o la meditación-. Es la primera vez que la veo.
El hombre se volvió hacia ella. Era moreno, mayor de lo que parecía al principio, y dio la impresión de que le sorprendía ser abordado de repente por una desconocida.
– Y yo -respondió.
– En mi caso, es horrible, teniendo en cuenta que vivo en Londres desde hace dieciocho años. Me pregunto qué más me he perdido.
– José.
– ¿Perdón?
El hombre utilizó el plano del museo para indicar la obra.
– Falta José, y siempre faltará. ¿No se ha dado cuenta? Siempre, la Madonna y el Niño.
Deborah contempló de nuevo la obra.
– Nunca se me había ocurrido, la verdad.
– O la Virgen y el Niño. O la Madre y el Niño. O la Adoración de los Magos con la vaca, el asno y un par de ángeles. Pero muy pocas veces sale José. ¿Nunca se ha preguntado por qué?
– Tal vez… Bueno, en realidad no era su padre, ¿verdad?
El hombre cerró los ojos.
– Santo Dios -murmuró.
Parecía tan conmocionado que Deborah se apresuró a continuar.
– Quiero decir, nos han enseñado a creer que él no era el padre, pero no lo sabemos con certeza. ¿Cómo íbamos a saberlo? No estábamos allí. Ella no llevó un diario de su vida. Solo nos han dicho que el Espíritu Santo bajó con un ángel, o algo por el estilo, y… No sé cómo se lo montaron, desde luego, pero fue un milagro, ¿no? Un momento antes era virgen, y al siguiente ya estaba embarazada, y al cabo de nueve meses… ya tenía a su bebé, y lo abrazaba sin acabar de creer que era real, supongo. Era suyo, suyo de verdad, el niño que había anhelado desde… Bueno, si cree en milagros.
