– Puede que los aclare, pero no los soluciona. Yo no puedo, al menos. No puedo decir que sí solo porque la gente quiere que lo haga, por mucha razón que tenga.

El hombre desvió la vista hacia el cuadro. Apretó con más fuerza el plano del museo.

– A mí también me cuesta, en ocasiones -dijo-. Por eso salí a tomar el aire. Me disponía a dar de comer a los gorriones en el puente del parque de St. James. Quería verlos picotear en mi palma, mientras todos los problemas se iban solucionando. -Se encogió de hombros y sonrió con tristeza-. Entonces, se puso a llover.

– Y vino aquí. Y vio que san José no estaba.

El hombre se puso el sombrero. El ala arrojó una sombra triangular sobre su cara.

– Y usted, imagino que vio al Niño.

– Sí.

Deborah forzó una breve y tensa sonrisa. Miró a su alrededor, como si ella también tuviera que recoger algunas cosas antes de marcharse.

– Dígame, ¿se trata de un niño que desea, uno que murió, o uno del que quiere deshacerse?

– ¿Deshacerme?

El hombre se apresuró a levantar la mano.

– Uno que desea -dijo-. Lo lamento. Tendría que haberlo comprendido. Tendría que haber reconocido el anhelo. Dios de los cielos, ¿por qué son tan ciegos los hombres?

– Quiere que adoptemos uno. Yo quiero un hijo mío, su hijo, una familia real, una que nosotros crearemos, en lugar de una solicitud. Ha traído los papeles a casa. Descansan sobre su escritorio. Solo tengo que rellenar mi parte y firmar, pero no puedo hacerlo. No sería mío, le digo. No saldría de mí. No saldría de nosotros. No podría quererle de la misma manera si no fuera mío.

– No. Eso es cierto. No le querría de la misma forma.

Deborah le cogió del brazo. La lana del abrigo estaba mojada, y el tacto era áspero.

– Usted comprende. El no. Dice que existen relaciones que trascienden los lazos de sangre, pero a mí no me pasa. Y no entiendo por qué le pasa a él.



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