Incluso hoy, papá se ocupaba de ello, y a tope. Habían interpretado su papel, esperando obedientemente al vicario en el porche norte de la iglesia, helado y espolvoreado de nieve, pateando el suelo para calentar los pies, los labios morados, en tanto los invitados se removían y murmuraban en el interior de la iglesia, entre el acebo y la hiedra, y se preguntaban por qué los cirios no estaban encendidos, por qué no sonaba la marcha nupcial. Habían esperado un cuarto de hora, mientras la nieve trenzaba perezosos velos nupciales en el aire, hasta que papá atravesó la calle hecho una furia y golpeó con insistencia la puerta del vicario. Volvió cuando no habían transcurrido ni dos minutos, con su semblante, por lo general rubicundo, pálido de ira.

– Ni siquiera está en casa -anunció St. John Andrew Townley-Young-. Esa vaca subnormal -definición del ama de llaves del vicario, decidió Cecily- ha dicho que ya había salido cuando ella llegó por la mañana. Increíble. Esa incompetente y repugnante… -Cerró los puños dentro de sus guantes color paloma. Su sombrero de copa osciló-. Entrad en la iglesia. Todos. Protegeos del frío. Yo me haré cargo de la situación.

– Pero Brendan ha venido, ¿verdad? -preguntó Rebecca, angustiada-. ¡Papá, Brendan no nos habrá fallado!

– Somos muy afortunados -replicó su padre-. Toda la familia está aquí, como ratas que no abandonan el barco.

– St. John -murmuró su esposa.

– ¡Entrad!

– Pero la gente me verá -gimió Rebecca-. Verán a la novia.

– Rebecca, por el amor de Dios. Townley-Young desapareció en el interior de la iglesia durante otros dos minutos, y salió con nuevas instrucciones.

– Esperad en el campanario.

Se marchó de nuevo a la caza del vicario.

Y seguían esperando en el campanario, ocultos de los invitados mediante una puerta de balaustres color nogal, cubierta por una cortina de terciopelo rojo polvorienta y maloliente, tan desgastada que podían ver a su través las luces de las arañas de la iglesia.



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