
Ahora, pagaba por triplicado el hecho de haber desencadenado sobre sí la ira de los Dioses, pero no la habían castigado con el cáncer. Ni Hammurabi habría imaginado una venganza más refinada.
– Me cambiaría por ti, Annie -susurró Polly-. Lo juro.
– ¿Polly?
Un susurro incorpóreo la contestó. Retrocedió de un salto y se llevó la mano a la boca. Un torrente de sangre se agolpó en sus ojos.
– ¿Polly? ¿Eres tú?
Se oyeron unos pasos al otro lado de la pared, botas de goma que pisaban las heladas hojas muertas caídas sobre el suelo. Entonces, Polly le vio. Sombra entre las sombras. Olió el humo de pipa que se pegaba a su ropa.
– ¿Brendan?
No tuvo que esperar para confirmar su sospecha. La escasa luz bañó la nariz ganchuda de Brendan Power. No había otro perfil semejante en todo Winslough.
– ¿Qué haces aquí?
El hombre pareció leer en la pregunta una invitación implícita e involuntaria. Saltó el muro. Ella se apartó. El hombre se acercó con paso decidido. Polly vio que sostenía la pipa en la mano.
– He ido a la mansión.
Golpeó la pipa contra la lápida de Annie; briznas de tabaco quemado cayeron como virutas de ébano sobre la piel helada de la tumba. A juzgar por sus siguientes palabras, Brendan comprendió al instante lo inapropiado de su comportamiento.
– Oh, maldita sea. Lo siento. -Se agachó y apartó el tabaco con la mano. Se enderezó, guardó la pipa en el bolsillo y removió los pies-. Volvía al pueblo por el sendero peatonal. Vi a alguien en el cementerio y… -Bajó la cabeza, como si examinara sus botas negras, apenas visibles-. Esperaba que fueras tú, Polly.
– ¿Cómo está tu mujer? -preguntó ella.
Brendan alzó la cabeza.
– Han surgido nuevos contratiempos en la renovación de la casa. Un grifo de la bañera ha saltado. Una alfombra se estropeó. Rebecca está hecha una furia.
