
Deborah contempló el cuadro. Las dos figuras femeninas habrían comprendido lo que su marido no podía: el poder, la bendición, la inefable admiración de la vida creada y surgida de la propia.
– Quiero que concedas a tu cuerpo un descanso de un año, como mínimo -había dicho el médico-. Llevas seis abortos, cuatro espontáneos solo en los últimos nueve meses. Hemos detectado estrés físico, una pérdida de sangre peligrosa, desequilibrio hormonal y…
– Probemos fármacos para la fertilidad -dijo ella.
– No me has escuchado. En este momento, está fuera de toda consideración.
– In vitro, pues.
– Ya sabes que la fecundación no es el problema, Deborah, sino la gestación.
– Me quedaré los nueve meses en la cama. No me moveré. Haré cualquier cosa.
– Entonces, ponte en una lista de adopción, empieza a utilizar anticonceptivos y vuelve a probar el año que viene por esta época. Porque si sigues quedándote embarazada de esta manera, antes de los treinta te verás abocada a una histerectomía.
Escribió la receta.
– Pero tiene que haber un medio -le dijo ella, en tono sereno. No debía aparentar disgusto. El paciente no debe transparentar jamás tensión mental o emocional, porque el médico lo apuntaría en su expediente, y podría ser utilizado contra ella.
El médico no dejaba de comprenderla.
– Lo hay -dijo- el año que viene. Cuando tu cuerpo haya tenido la oportunidad de curar. Entonces, estudiaremos todas las posibilidades. In vitro, fármacos para la fertilidad, lo que sea. Haremos todas las pruebas posibles. Dentro de un año.
