– ¿Cómo estás, Fee? -preguntó Padraic Cleary a su mujer.

– Muy bien, Paddy. ¿Has terminado en la dehesa de abajo?

– Sí, ya está. Empezaré en la de arriba mañana temprano. Pero, Dios mío, ¡qué cansado estoy!

– No me extraña. ¿Volvió a darte MacPherson la yegua resabiada?

– Desde luego. No creerás que iba a llevársela él y dejarme a mí el caballo ruano, ¿verdad? Tengo los brazos como si me los hubiesen arrancado de sus articulaciones. Te juro que esa yegua tiene la boca más dura de todo el país.

– Olvídalo. Los caballos del viejo Robertson son todos buenos, y pronto estarás allí.

– Nunca será demasiado pronto. -Cargó la pipa de tabaco fuerte y cogió una candela de una jarra que había cerca del horno. La introdujo rápidamente en éste, y prendió en seguida; se echó atrás en su silla y chupó la pipa con fuerza, produciendo un rumor de gorgoteo-. ¿Cómo se siente una niña al cumplir cuatro años, Meggie? -preguntó a su hija.

– Muy bien, papá.

– ¿Te ha dado mamá tu regalo?

– ¡Oh, papá! ¿Cómo adivinasteis, tú y mamá, que me gustaba Agnes?

– ¿Agnes? -Miró rápidamente a Fee, sonrió y le hizo un guiño-. ¿Se llama Agnes?

– Sí. Y es muy guapa, papá. Me pasaría todo el día mirándola.

– Tiene suerte de poder mirar otras cosas -dijo tristemente Fee-. Jack y Hughie se apoderaron de la muñeca antes de que la pobre Meggie pudiese verla bien.

– Bueno, los chicos son así. ¿Es grave el daño?

– Nada que no pueda arreglarse. Frank les sorprendió antes de que la cosa pasara a mayores.



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