
Emily quería hacer algún comentario jocoso para que la risa aligerara la tensión, pero no se le ocurrió nada. Se dio cuenta de que tampoco conocía lo bastante a esas mujeres para entender por qué estaban asustadas. ¿Qué importancia tenía un poco de viento?
Pero a media tarde unas nubes gruesas oscurecieron el cielo por el oeste y el viento arreció bastante. Emily no fue consciente de lo potente que era hasta que salió a cortar un puñado de ramitas de sauce rojo para añadirlas al cuenco de acebo y hiedra del vestíbulo. No era tan frío como había supuesto, pero la fuerza del vendaval le zarandeó la falda como si fuera una vela, la desestabilizó y la echó hacia atrás. Le costó un poco inclinarse hacia delante y recuperar el equilibrio.
– Tenga cuidado, señora -dijo una voz masculina tan cercana que ella dio media vuelta alarmada, como si la hubiera amenazado.
Estaba a unos cuatro metros de distancia; era un hombre grueso de facciones rudas y ojos oscuros y atribulados. Le sonrió indeciso, sin espontaneidad.
– Perdone. -Emily se disculpó por su reacción exagerada-. No esperaba que el viento fuera tan fuerte.
– Seguro que empeorará -dijo el hombre con amabilidad y alzando la voz lo justo para hacerse oír. Miró el cielo con los ojos entornados.
– ¿Busca usted a la señora Ross? -preguntó Emily.
Él extendió las manos a modo de disculpa.
– Ay, qué maleducado soy. Como yo sé que usted es la sobrina de la señora Ross, pienso que usted tiene que conocerme a mí también. Soy Fergal O'Bannion. He venido a acompañar a Maggie a casa. -Volvió a mirar al cielo, pero esta vez más al oeste, hacia el mar.
– ¿Viven ustedes lejos? -Estaba decepcionada. Le gustaba Maggie y había confiado en que viviría cerca, para que pudiera ir a ver a Susannah incluso en pleno invierno. De no ser así, Susannah estaría muy sola, sobre todo cuando su enfermedad empeorara.
– Allí. -Fergal señaló un lugar a unos ochocientos metros.
