
Antes de que pudiera extraer algo, la sobresaltaron unos pasos que sonaron a su espalda haciéndole sacar la mano y erguir el cuerpo rápidamente. Pero no eran más que cuatro hombres y una mujer llegados en el barco 1, con parada en Rialto a las tres y cuarto, que cruzaban el campo camino de distintos lugares de la ciudad. Ninguno prestó atención a la mujer. Sus pasos se perdieron subiendo y luego bajando por el puente que conducía a la calle della Mandola.
Nuevamente, la mujer se inclinó e introdujo la mano en la bolsa. Cuando la sacó esta vez, sostenía un pedrusco que desde hacía más de diez años estaba en el escritorio de su estudio. Lo había recogido de una playa de Maine durante unas vacaciones. La piedra tenía el tamaño de un pomelo y encajaba perfectamente en su mano enguantada. La mujer la contempló, la sopesó y hasta la lanzó al aire un par de veces como la tenista que se dispone a hacer un saque. Su mirada fue de la piedra al escaparate y otra vez a la piedra.
Dio un paso atrás, situándose a unos dos metros de la luna y se volvió de perfil a ella, sin dejar de mirarla. Levantó la mano derecha a la altura y por detrás de la cabeza mientras extendía el brazo izquierdo en sentido horizontal, buscando el equilibrio, tal como le había enseñado su hijo un verano en que se empeñó en que aprendiera a lanzar como los chicos y no como las niñas. Durante un instante, pensó que su vida, o por lo menos parte de ella, podía quedar dividida en un antes y un después de este acto, pero enseguida desechó la idea, que le pareció melodramática y pedante.
Entonces proyectó la mano hacia adelante con toda su fuerza y, al extender el brazo del todo, soltó la piedra y avanzó un paso, arrastrada por el impulso al tiempo que bajaba la cabeza, por lo que los fragmentos de vidrio le cayeron en el pelo sin causarle daño.
