Enjuagó los pinceles con agua y jabón y los puso a secar. Desde abajo, al pie del acantilado, llegaba el rumor de los motores y la música del barco de turistas que cada día, a la misma hora, recorría la costa. Sin necesidad de mirar el reloj, Andrés Faulques supo que era la una de la tarde. La voz de mujer sonaba como de costumbre, amplificada por la megafonía de a bordo; y aún pareció más fuerte y clara cuando la embarcación estuvo ante la pequeña caleta, pues entonces el sonido del altavoz llegó hasta la torre sin otro obstáculo que algunos pinos y arbustos que, pese a la erosión y los derrumbes, seguían aferrados a la ladera.

«Este lugar se llama cala del Arráez, y fue refugio de corsarios berberiscos. Sobre el acantilado pueden ver una antigua atalaya de vigilancia, construida a principios del siglo XVIII como defensa costera, con objeto de avisar a las poblaciones cercanas de las incursiones sarracenas…»

Era la misma voz de todos los días: educada, con buena dicción. Faulques la imaginaba joven; sin duda una guía local, acompañante de los turistas en el recorrido de tres horas que la embarcación -una golondrina de veinte metros de eslora, pintada de blanco y azul, que amarraba en Puerto Umbría- hacía entre la isla de los Ahorcados y Cabo Malo. En los últimos dos meses, desde lo alto del acantilado, Faulques la había visto pasar con la cubierta llena de gente provista de cámaras de fotos y de vídeo, la música veraniega atronando por los altavoces, tan fuerte que las interrupciones de la voz femenina constituían un alivio.

«En esa torre vigía, abandonada durante mucho tiempo, vive un conocido pintor que decora su interior con un gran mural. Lamentablemente, se trata de una propiedad privada donde no se admiten visitas…»

Esta vez la mujer hablaba en español, pero en otras ocasiones lo hacía en inglés, italiano o alemán.



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