Mantuvo la boca cerrada, se graduó y fue nombrado agente especial dé la DEA. Le concedieron dos semanas de vacaciones y le enviaron derecho a México.

A Culiacán.

La capital del tráfico de drogas del hemisferio occidental.

La ciudad del mercado de opio.

Las entrañas de la bestia.

Su nuevo jefe le dispensó una bienvenida cordial.Tim Taylor, el Agente Residente al Mando, el ARM, ya había traspasado el escudo de Art y visto a través de la película transparente. Ni siquiera levantó la vista del expediente. Art se sentó al otro lado del escritorio y el tipo preguntó:

– ¿Vietnam?

– Sí.

– «Programa de Pacificación Acelerada»…

– Sí.

Programa de Pacificación Acelerada, también llamado Operación Fénix. El viejo chiste decía que un montón de tíos alcanzaron la paz.

– La CIA -dijoTaylor, y no era una pregunta, sino una afirmación.

Pregunta o afirmación, Art no contestó. Sabía lo esencial sobre Taylor: un tipo de la antigua ONDP que había vivido la época de los recortes presupuestarios. Ahora que las drogas eran una prioridad, no pensaba perder sus ganancias, que tanto le había costado conseguir, por culpa de una remesa de chicos nuevos.

– ¿Sabes lo que no me gusta de los Vaqueros de la Compañía? -preguntó Taylor.

– No. ¿Qué?

– No sois policías -replicó Taylor-. Sois asesinos.

Que te den por el culo, pensó Art. Pero mantuvo la boca cerrada. La mantuvo cerrada con firmeza mientras Taylor se lanzaba a una perorata sobre por qué no quería que Art le viniera con chorradas de vaquero. Sobre todo eso que formaban un equipo y Art debía ser un «jugador del equipo» y «atenerse a las normas».



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