
Sí, piensa Art, es una operación mexicana. Los norteamericanos solo hemos venido como «consejeros».
Como en Vietnam.
Solo que con gorras diferentes.
La Guerra contra las Drogas norteamericana ha abierto un frente en México. Ahora, diez mil soldados mexicanos están atravesando este valle cerca de la ciudad de Badiraguato, en colaboración con los escuadrones de la Policía Judicial Federal, más conocida como federales, y una docena aproximada de consejeros de la DEA como Art. La mayoría son soldados de infantería. Otros van a caballo, como vaqueros que azuzaran ganado. Las órdenes son sencillas: envenenar los campos de amapolas y quemar los restos, dispersar a los gomeros como hojas secas en un huracán. Destruir la fuente de heroína de las montañas de Sinaloa, al oeste de México.
La Sierra Occidental posee la mejor combinación de altitud, precipitaciones y acidez del suelo del hemisferio occidental para cultivar Papaver somniferum, la amapola que produce el opio, que luego se convierte en Barro Mexicano, la heroína barata, marrón y potente que está inundando las calles de las ciudades norteamericanas.
Operación Cóndor, piensa Art.
Hace más de sesenta años que no se ha visto un cóndor de verdad en los cielos mexicanos, y más en Estados Unidos. Pero cada operación ha de tener un nombre, porque, de lo contrario, no nos creemos que es real, así que Cóndor vale.
Art ha leído algo sobre el ave. Es (era) el ave de presa más grande, aunque la expresión engaña un poco, porque prefería alimentarse de carroña a cazar. Un cóndor grande, ha descubierto Art, podía matar a un ciervo pequeño, pero prefería que alguien matara al ciervo primero, para poder descender y apoderarse de él.
Vivimos a costa de los muertos.
Operación Cóndor.
Otro recuerdo fugaz de Vietnam.
Muerte desde el Cielo.
Y aquí estoy, acuclillado de nuevo en la maleza, temblando a causa del frío húmedo de las montañas, preparando emboscadas.
