
Pero esa jodida guerra.
Esa maldita guerra.
Como mucha gente, vio por televisión los helicópteros despegar de los tejados de Saigón. Como muchos veteranos, salió a emborracharse aquella noche, y cuando le ofrecieron subirse al carro de la nueva DEA, agarró la oportunidad al vuelo.
Antes lo habló con Althie.
– Tal vez se trate de una guerra en la que valga la pena participar -dijo a su mujer-.Tal vez sea una guerra que podamos ganar.
Y ahora, piensa Art mientras espera a que don Pedro aparezca, puede que estemos cerca de conseguirlo.
Le duelen las piernas de tanto estar sentado, pero no se mueve. Su período en Vietnam le enseñó a no hacerlo. Los mexicanos dispersos en la maleza a su alrededor siguen una disciplina similar, veinte agentes especiales de la Dirección Federal de Seguridad mexicana (DFS), armados con Uzis y vestidos con uniformes de camuflaje.
Tío Barrera lleva traje.
Incluso aquí, en la maleza, el ayudante especial del gobernador luce su típico traje negro, camisa blanca de cuello con botones, corbata negra muy delgada. Parece a gusto y sereno, la imagen personificada de la dignidad masculina latina.
Recuerda a uno de aquellas estrellas cinematográficas de los años cuarenta. Pelo negro peinado hacia atrás, bigotillo, delgado, rostro hermoso con pómulos que parecen tallados en granito.
Los ojos tan negros como una noche sin luna.
Oficialmente, Miguel Ángel Barrera es poli, policía del estado de Sinaloa, guardaespaldas del gobernador del estado, Manuel Sánchez Cerro. Extraoficialmente, Barrera es la mano derecha del gobernador, el encargado de lavar los trapos sucios. Y como Cóndor es, desde un punto de vista técnico, una operación del estado de Sinaloa, Barrera es el tipo que dirige en realidad el cotarro.
