
Se desvió para esquivar al gentío que se agolpaba en los alrededores de Camden Lock. Diez minutos más, y al fin ascendía por Eton Villas, donde rogó al ángel de la guarda de los transportes que le encontrara un hueco para aparcar cerca de su cuchitril particular.
El ángel ofreció un compromiso: un hueco en la esquina, a unos cincuenta metros de distancia. Barbara, tras unas cuantas maniobras creativas, consiguió embutir el Mini en un espacio sólo apto para una moto. Volvió caminando cansinamente sobre sus pasos y abrió la cancela que daba acceso a la casa amarilla eduardiana tras la cual se alzaba su casita.
Durante la larga travesía de la ciudad, el agradable calorcillo del champán se había metamorfoseado, como suele suceder con todos los calorcillos agradables debidos al alcohol: se estaba muriendo de sed. Clavó la vista en el sendero que discurría justo al lado de la casa y conducía al jardín posterior. Al fondo, su casita tenía un aspecto fresco y tentador, a la sombra de una acacia blanca.
El aspecto mentía, como de costumbre. Cuando Barbara abrió la puerta y entró, el calor la engulló. Las tres ventanas estaban abiertas, con la esperanza de alentar las corrientes de aire, pero no soplaba la menor brisa, de manera que el pesado aire invadió sus pulmones con un ardor implacable.
– Puta mierda -murmuró Barbara.
Arrojó el bolso sobre la mesa y se encaminó a la nevera. Un litro de Volvic semejaba una torre de apartamentos entre sus compañeros: los cartones y cajas de comidas para llevar y precocinadas. Barbara agarró la botella y se la llevó hasta el fregadero. Se echó cinco tragos al coleto, después se agachó y vertió la mitad de lo que quedaba sobre su cuello y cabello. La brusca caricia del agua fría provocó que sus ojos parpadearan. Era el paraíso perfecto.
