Ian vio que otras gaviotas ya estaban bailando con sus patas palmeadas sobre el tejado de la casamata. Más aves entraban y salían por una abertura hexagonal practicada en el mismo tejado, donde tantos años antes se había instalado una ametralladora. Graznaban y cotorreaban como si estuvieran hablando, y su mensaje parecía pasar de manera telepática a las aves que había mar adentro, pues abandonaron al barco de pesca y se dirigieron hacia tierra.

Aquello recordó a Ian una escena que había presenciado de niño en una playa cerca de Dover. Un perro grande y ladrador había sido atraído hacia el mar por una bandada de aves similares. El animal jugaba a perseguirlas, pero ellas se lo habían tomado muy en serio, y se internaron en el mar sin parar de describir círculos, hasta que el pobre perro se encontró a medio kilómetro de la orilla. Ni gritos ni imprecaciones habían conseguido que regresara, y nadie había logrado controlar a las aves. Si no hubiera visto a las gaviotas jugueteando con las menguantes fuerzas del perro (volando en círculos sobre su cabeza, justo fuera de su alcance, graznando, acercándose para luego alejarse en un abrir y cerrar de ojos), Ian nunca hubiera considerado razonable suponer que las aves eran criaturas provistas de intenciones asesinas. Pero aquel día lo vio, y lo creía desde entonces. Siempre procuraba mantenerse a una prudente distancia de ellas.

Pensó en aquel desdichado perro. Era evidente que las gaviotas estaban jugando con algo, y fuera lo que fuera estaba dentro de la casamata. Era preciso hacer algo.

Ian bajó los peldaños. «¡Fuera de ahí!», gritó, al tiempo que agitaba los brazos, pero no logró ahuyentar a las gaviotas que daban saltitos sobre el techo de hormigón manchado de guano y agitaban las alas de forma ominosa. Él no iba a rendirse tan fácilmente. Aquellas lejanas gaviotas de Dover habían acabado con su perseguidor canino, pero las gaviotas de Balford no iban a acabar con Ian Armstrong.



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