– ¡Me rindo!

Montalbano recogió bruscamente el auricular.

– Habla el…

Lo interrumpió una estridente voz femenina medio histérica.

– ¡Oiga! ¡Oiga! ¿Quién habla?

– Habla el…

– ¡Vengan rápido! ¡Muevan el trasero y vengan enseguida!

– ¿Por casualidad, señora, le han matado algún animal?

La pregunta desconcertó a la mujer.

– ¿Cómo? ¿De qué me habla? ¿Qué pasa, borracho ya de buena mañana?

– Disculpe. Facilíteme sus señas de identidad.

– Pero ¿cómo habla éste?

– Nombre, apellido y domicilio.

Al término de la accidentada conversación telefónica, se pudo establecer que la señora Agata de Dominici, domiciliada en el término de Cannatello, «justo al ladito de la fuentecita», estaba muerta de miedo porque su marido Ciccio había salido de casa armado con un fusil para ir a pegarle un tiro a un tal Armando Losurdo.

– Puede creerme: si lo dice, lo hace.

– Pero ¿por qué quiere pegarle un tiro?

– ¡Y yo qué sé! ¿Acaso mi marido me cuenta a mí sus razones?

– Ve a echar un vistazo -le ordenó Montalbano a Fazio.

Éste salió murmurando por lo bajo y ordenó a su vez a Galluzzo, que acababa de llegar a la comisaría, que lo acompañara.

En cuanto los vio, la señora Ágata de Dominici, una cincuentona extremadamente delgada que semejaba la personificación de la miseria, decidió romper a llorar contra el ancho pecho de Galluzzo. Contó a los exhaustos representantes de la ley (el término de Cannatello se encontraba junto al despeñadero y habían tenido que andar tres cuartos de hora porque con el coche no se podía llegar hasta allí) que su marido había salido de casa a las cinco y media de la mañana para atender a las bestias, y había regresado a los diez minutos como si hubiera enloquecido, igualito que Orlando, el del teatro de marionetas, con los pelos de punta, soltando más reniegos que un turco enfurecido y golpeándose la cabeza contra la pared.



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