– Pero ¿quieres explicarme por qué alguien querría divertirse haciendo esas sandeces, corriendo el riesgo de que lo detengan?

– Con el debido respeto, señor, jerárquicamente es usted quien tendría que explicármelo a mí.

– ¿Estáis seguros de que le pegó un tiro?

– Y tan seguros, incluso encontré la bala en el suelo. La he traído.

Buscó en el bolsillo de la chaqueta, la sacó y se la tendió al comisario, que la examinó.

– No es necesario enviarla a la policía científica -dijo Montalbano-; nos tomarían por imbéciles. Es una siete sesenta y cinco. -La arrojó al interior de un cajón del escritorio.

– Exactamente. En mi opinión, dottore, ha sido un aviso. Será que nuestro amigo Ennicello se ha saltado algún plazo del impuesto.

Montalbano lo miró con escepticismo.

– Con la experiencia que tienes, ¿todavía dices esas chorradas? Si no hubiera pagado el impuesto, le habrían matado todos los peces y, para remachar la cosa, habrían quemado incluso el restaurante.

– Pues entonces, ¿qué puede ser?

– Todo y nada. A lo mejor una apuesta estúpida entre dos clientes, una bobada…

– ¿Y nosotros qué hacemos ahora? -preguntó Fazio tras una pausa.

– ¿Qué pez era?

– Un muletto tan grande como medio brazo mío.

– ¿Un muletto?A ver si nos aclaramos, Fazio. El muletto, mientras no se demuestre lo contrario, ¿no es el mújol?

– Sí, señor dottore.

– ¿Y no es un pez marino?

– Hay también un mújol de agua dulce, pero no es tan sabroso como el de mar.

– No lo sabía.

– Pues claro, dottore. Usted desprecia el pescado de agua dulce. ¿Qué tengo que hacer con Ennicello?

– Muy sencillo. Vuelve al restaurante y di que te entreguen el muletto, que lo necesitas para profundizar en la investigación.



6 из 272