
Doce años atrás ocupaba aquel solar una de las mejores casas de Roma, pero ahora apenas quedaban restos de aquella morada, de no ser por unas pocas piedras medio cubiertas por la hierba. La panorámica era espléndida. Desde el sitio en que los criados situaron las sillas plegables, Marcia y sus hijas dominaban perfectamente el Foro Romano y el Capitolio y el apiñamiento en declive del Subura, que acentuaba las colinas situadas al norte sobre la línea del horizonte.
– ¿Habéis oído? -dijo Cecilia, la esposa del mercader-banquero Tito Pomponio. En avanzado estado de gestación, se hallaba sentada junto a su tía Pilia, y ambas vivían dos calles más allá de la casa de los César.
– No. ¿El qué? -respondió Marcia, inclinándose hacia adelante.
– Los cónsules, los sacerdotes y los augures han iniciado el cortejo después de medianoche para estar seguros de concluir a tiempo los ritos y plegarias…
– ¡Siempre hacen eso! -la interrumpió Marcia-. Si se equivocan, tienen que empezar de nuevo.
– Lo sé, lo sé, ¡no soy tan ignorante! -replicó asperamente Cecilia, molesta al saberse corregida por la hija de un pretor-. ¡Pero es que no han cometido ningún error! Los auspicios han sido malos. Cuatro relámpagos por la derecha y una lechuza en el lugar del augurio chillando como si la mataran. Y ahora el tiempo… no vamos a tener un buen año, ni un buen par de cónsules.
