
Julián Carax, El Prisionero del Cielo
(Editions de la Lumiére, París, 1992)
PRIMERA PARTE : UN CUENTO DE NAVIDAD
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Barcelona, diciembre de 1957Aquel año a la Navidad le dio por amanecer todos los días de plomo y escarcha. Una penumbra azulada tenia la ciudad, y la gente pasaba de largo abrigada hasta las orejas y dibujando con el aliento trazos de vapor en el frío. Eran pocos los que en aquellos días se detenían a contemplar el escaparate de Sempere e Hijos y menos todavía quienes se aventuraban a entrar y preguntar por aquel libro perdido que les había estado esperando toda la vida y cuya venta, poesías al margen, hubiera contribuido a remendar las precarias finanzas de la librería.
– Yo creo que hoy será el día. Hoy cambiará nuestra suerte -proclamé en alas del primer café del día, puro optimismo en estado líquido.
Mi padre, que llevaba desde las ocho de aquella mañana batallando con el libro de contabilidad y haciendo malabarismos con lápiz y goma, alzó la vista del mostrador y observó el desfile de clientes escurridizos perderse calle abajo.
– El cielo te oiga, Daniel, porque a este paso, si perdemos la campaña de Navidad, en enero no vamos a tener ni para pagar el recibo de la luz. Algo vamos a tener que hacer.
– Ayer Fermín tuvo una idea -ofrecí-. Según él es un plan magistral para salvar la librería de la bancarrota inminente.
– Dios nos coja confesados.
Cité textualmente:
– A lo mejor si me pusiera yo a decorar el escaparate en calzoncillos conseguiríamos que alguna fémina ávida de literatura y emociones fuertes entrase a hacer gasto, porque dicen los entendidos que el futuro de la literatura depende de las mujeres, y vive Dios que está por nacer fámula capaz de resistirse al tirón agreste de este cuerpo serrano -enuncié.
