
— ¡Tengo que acabar con esto! -exclamó-. Voy a decir que se lleven a esas dos furias a las Capuchinas, hasta mañana. ¡De ese modo tendrán que callarse!
Y empezó a recorrer la amplia sala, yendo y viniendo como un pájaro aturdido, estrujando su pañuelo pero sin tomar ninguna decisión. Sylvie se preguntó si no tendría miedo de sus hijas. De modo que su voz adquirió conscientemente un tono tranquilizador:
— ¿Queréis que les hable yo?
— ¿Lo haríais? -repuso Elisabeth con una luz de esperanza en la mirada.
— ¿Por qué no? Pero antes me gustaría saber dónde se encuentra el joven Caumont. ¿Van a encontrarse próximamente con él?
— Es marqués de Puy… nunca consigo pronunciarlo. Le llaman Péguilin. En cuanto a lo de encontrarse con él, es imposible: está al mando de la primera compañía de gentileshombres Pico-de-Cuervo,
— Entonces todo esto es ridículo… ¡Voy a hablarles!
— Las encontraréis fácilmente: están en el aposento que ocupábamos nosotras de pequeñas.
Sylvie las encontró aún con menos trabajo porque una tropa de camareras y gobernantas montaba guardia delante de una puerta detrás de la cual se oía una barahúnda casi demoníaca: las dos señoritas parecían ocupadas en romperlo todo allí dentro.
Se apartaron con vagas reverencias y ella abrió con gesto decidido, con lo cual dio paso a una taza lanzada por una mano vigorosa que fue a estrellarse contra la pared del pasillo. El espectáculo era dantesco: en medio de un conjunto de objetos rotos que iban desde un jarrón de mayólica hasta un orinal, de muebles volcados y almohadones despanzurrados, las dos muchachas, tendidas una encima de la otra, trataban de estrangularse recíprocamente. Sofocadas, con el pelo revuelto y las ropas desgarradas, daban miedo. La voz helada de Sylvie cayó sobre ellas como una ducha:
