
Arnie cerró el periódico de golpe y se puso en pie de un salto.
– ¿Estás bien, hijo?
– De maravilla, Arnie. ¿Qué día es hoy?
– Martes, temprano por la mañana. ¿Cómo estás, hijo?
– Dame ese periódico.
– ¿Qué quieres saber?
– ¿Qué está ocurriendo, Arnie?
– ¿Qué quieres saber?
– Todo.
– ¿Has visto la televisión?
– No. Tú la desenchufaste. Dime la verdad, Arnie.
Arnie hizo crujir los nudillos y se acercó lentamente a la ventana, donde apenas se atrevió a separar las lamas de la persiana. Echó un vistazo al exterior, como si el problema estuviera allí fuera.
– Ayer algunos gamberros vinieron aquí y montaron una escena. La poli supo manejarlos y arrestó a cerca de una docena. Solo era una panda de matones. Seguidores de los Browns. -¿Cuántos?
– El periódico dice que unos veinte. Unos borrachos.
– Y ¿por qué vinieron aquí, Arnie? Solo estamos nosotros dos, agente y jugador. La puerta está cerrada. Por favor, rellena los vacíos.
– Se enteraron de que estabas aquí. Estos días hay mucha gente a la que le gustaría pegarte un tiro. Has recibido un centenar de amenazas de muerte. La gente está disgustada. Incluso yo he recibido amenazas. -Arnie se apoyó contra la pared con cierto aire de suficiencia ahora que alguien consideraba que su vida valía lo suficiente para amenazarlo de muerte-. ¿Sigues sin recordar nada? -preguntó.
– Nada.
– Los Browns van diecisiete a cero por delante de los Broncos a tan solo once minutos del final, aunque decir cero es decir poco para la paliza que les estabais dando. Después del tercer cuarto, los Broncos han conseguido ochenta y una yardas en ataque y tres, sí, lo que oyes, tres primeros downs. ¿Y ahora?
– Nada.
– Ben Marroon está jugando de quarterback porque a Nagle se le desgarró el tendón de la corva en el primer cuarto.
– Eso sí lo recuerdo.
