Ricky observó el nombre en la hoja que tenía delante. Leyó una dirección de Deerfield, Massachusetts, con el prefijo 413. De repente recordó algo: su sobrino era profesor en un instituto privado de esa ciudad. Se preguntó qué enseñaría. La respuesta llegó en unos segundos: historia; historia de Estados Unidos. Entornó los ojos y visualizó un hombre bajo y enjuto con chaqueta de tweed, gafas con montura de concha y un cabello rubio rojizo que le clareaba con rapidez. Un hombre con una esposa como mínimo cinco centímetros más alta que él.

Suspiró y, provisto por lo menos con algo de información, marcó el número y esperó mientras el timbre sonaba media docena de veces antes de que contestara una voz que tenía el tono inconfundible de la juventud. Grave pero impaciente.

– ¿Diga?

– Hola -dijo Ricky-. Quisiera hablar con Timothy Graham.

Soy su tío Frederick. El doctor Frederick Starks.

– Soy Tim hijo.

– Hola, Tim -dijo Ricky tras vacilar un momento-. Me parece que no nos conocemos…

– Pues si, nos conocemos. Nos vimos en el entierro de la abuela. Estabas sentado justo detrás de mis padres en el segundo banco de la iglesia y dijiste a papá que era una bendición que la abuela no hubiera durado más. Recuerdo lo que dijiste porque entonces no lo entendí.

– Debías de tener…

– Siete años.

– Y ahora tendrás…

– Casi diecisiete.

– Pues para ser nuestro único encuentro lo recuerdas muy bien.

El joven consideró esta afirmación antes de contestar.

– El entierro de la abuela me impresionó mucho. -No entró en detalles, sino que cambió de tema-. ¿Querías hablar con papá?

– Si, si es posible.

– ¿Para qué?

Ricky pensó que se trataba de una pregunta poco corriente para alguien joven. No tanto porque Timothy hijo quisiera saber para qué, ya que la curiosidad es consustancial a la juventud, sino porque su tono sonó con un ligero matiz protector. Ricky pensó que la mayoría de los adolescentes se habría limitado a llamar a su padre a gritos para que contestara y habría vuelto a sus quehaceres, ya fuera ver la tele, hacer deberes o jugar a videojuegos, porque la llamada repentina de un familiar mayor y lejano no era algo que incluyeran en su lista de prioridades.



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