Pero denotaba planificación.

Pero eso no era lo que molestaba a Ricky. Cambió de postura en el asiento.

Las palabras de su sobrino parecían resonar en la consulta, rebotando en las paredes y llenando el espacio con una especie de calor: «inocencia perdida».

Ricky pensó en ello. A veces, en el transcurso de una sesión, un paciente decía algo que resultaba impactante, porque eran momentos de conocimiento, frases de comprensión, percepciones que indicaban un progreso. Eran los momentos que todo psicoanalista buscaba. Solían ir acompañados de una sensación de aventura y satisfacción, porque señalaban logros a lo largo del tratamiento.

Esta vez no.

Ricky sintió una incontrolable desesperación acompañada de miedo.

Rumplestiltskin había atacado a la hija de su sobrino en un momento de vulnerabilidad infantil. Había elegido un momento que debería guardarse en el gran baúl de los recuerdos como uno de alegría, de despertar: su decimocuarto cumpleaños. Y lo había vuelto feo y aterrador. Era la amenaza más fuerte que Ricky podía imaginar, la más provocadora que podía concebir.

Se llevó una mano a la frente como si tuviera fiebre. Le sorprendió no encontrarse sudor en ella.

«Pensamos en las amenazas como en algo que compromete nuestra seguridad -se dijo-. Un hombre con una pistola o un cuchillo víctima de una obsesión sexual. O un conductor borracho que acelera sin precaución por la carretera. O alguna enfermedad insidiosa, como la que mató a mi esposa, que empieza a carcomernos las entrañas.»

Se levantó de la silla y empezó a pasearse nerviosamente arriba y abajo.

«Tememos que nos maten. Pero es mucho peor que nos destruyan.»



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