
La misión era sencilla, de poco fuste y ningún beneficio para nosotros: cargar en Mesina cien arcabuces de Eibar, trescientas lanzas de moharra tolosana y quince barriles de pólvora, y desembarcarlo todo de manera secreta en una ensenada, más allá del cabo Matapán, que los griegos llamaban Porto Kayio y los españoles Puerto Coalla. Así lo hicimos, sin tropiezos, y eso me permitió ver de cerca a los maynotas, que son los griegos de aquella parte y habitan una tierra áspera, estéril, que los hace rudos, cerriles y ladrones a más no poder. Eran muchas las esperanzas de libertad que esta gente, sometida por la crueldad turca, tenía puestas en el rey de España como monarca más poderoso del mundo; pero a nuestro señor don Felipe IV y a su ministro el conde-duque de Olivares no les interesaba comprometerse por unos cuantos griegos oprimidos, en una campaña lejana e incierta como aquélla, contra un imperio turco que, aunque todavía en pleno vigor, había dejado de ser agresivo para nosotros en el Mediterráneo. La guerra reavivada en Flandes y Europa engullía hombres y dinero, y nuestros enemigos naturales, la Holanda rebelde y también Francia, Inglaterra, Venecia y el mismo papa de Roma, habrían visto con felicidad a España enfangada en un conflicto oriental que distrajese fuerzas del escenario europeo; allí donde el viejo león hispano peleaba solo contra todos, todavía con recios zarpazos merced al oro de las Indias y a los temibles tercios viejos de infantería española.
